viernes, 20 de mayo de 2011

"Una aproximación al desconcierto" de Javier Sánchez Menéndez

Javier Sánchez Menéndez    Una aproximación al desconcierto   SIM/ Libros, Sevilla 2011, 65 pp.

Aparece en SIM Libros “Una aproximación al desconcierto” de Javier Sánchez Menéndez, tras quince años sin publicar poesía (propia), dedicado a labores de edición y crítica y al trazado de su particular desconcierto poético. Veinticinco poemas conforman “Las limitaciones del lenguaje”, primera parte del libro.  Cada uno de ellos va formando una lenta avalancha en la que se esconden y se muestran rebeliones, impotencias y conclusiones expresadas desde un descreimiento teñido de una brusca ternura que parece querer resumirse en los versos finales del poema que da título a esta primera parte: “Comenzamos a hablar si sabiamente/volvemos a la infancia/ y descubrimos/ que comenzar a hablar es promover/las limitaciones del lenguaje”.

Llegamos así a “Ataques de cordura”,  dos series de brevísimas composiciones agrupadas en “Lapsus” e “Ictus”, que merodean el desconcierto mezclando la fuerza epigramática del graffiti, un cierto tono de soleá, aire de haiku y brillo, en ocasiones, de sentencia.

En “Clases particulares”, tercera parte del libro, se agrupan  poemas más largos en forma de ejercicios de irreverencia,  represión, olvido y espiritualidad para llegar a una “Última partida”, broche de la obra, que se cierra con una única entrega -“Segunda inclinación”- en la que la cordura ya no importa, pues las lecciones aprendidas y posiblemente olvidadas tampoco nos salvarán del desconcierto: “No es bueno complicarse./Total si son tres días y hemos gastado cinco,/ para qué desatar lo imprevisible”.


(Publicado en Heraldo de Aragón, revista Artes & Letras nº 340, 19/05/11)
Reseña recogida en la página de la editorial SIM LIBROS

sábado, 9 de abril de 2011

Oda a Venecia ante el mar de los teatros (Pere Gimferrer)

(La fotografía es de Pulo y está tomada de AQUÍ.)

                                                Las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.
                                                                                                                                       García Lorca


Tiene el mar su mecánica como el amor sus símbolos.
Con que trajín se alza una cortina roja
o en esta embocadura de escenario vacío
suena un rumor de estatuas, hojas de lirio, alfanjes,
palomas que descienden y suavemente pósanse.
Componer con chalinas un ajedrez verdoso.
El moho en mi mejilla recuerda el tiempo ido
y una gota de plomo hierve en mi corazón.
Llevé la mano al pecho, y el reloj corrobora
la razón de las nubes y su velamen yerto.
Asciende una marea, rosas equilibristas
sobre el arco voltaico de la noche en Venecia
aquel año de mi adolescencia perdida,
mármol en la Dogana como observaba Pound
y la masa de un féretro en los densos canales.
Id más allá, muy lejos aún, hondo en la noche,
sobre el tapiz del Dux, sombras entretejidas,
príncipes o nereidas que el tiempo destruyó.
Que pureza un desnudo o adolescente muerto
en las inmensas salas del recuerdo en penumbra
¿Estuve aquí? ¿Habré de creer que éste he sido
y éste fue el sufrimiento que punzaba mi piel?
Qué frágil era entonces, y por qué. ¿Es más verdad,
copos que os diferís en el parque nevado,
el que hoy así acoge vuestro amor en el rostro
o aquel que allá en Venecia de belleza murió?
Las piedras vivas hablan de un recuerdo presente.
Como la vena insiste sus conductos de sangre,
va, viene y se remonta nuevamente al planeta
y así la vida expande en batán silencioso,
el pasado se afirma en mí a esta hora incierta.
Tanto he escrito, y entonces tanto escribí. No sé
si valía la pena o la vale. Tú, por quien
es más cierta mi vida, y vosotros que oís
en mi verso otra esfera, sabréis su signo o arte.
Dilo, pues, o decidlo, y dulcemente acaso
mintáis a mi tristeza. Noche, noche en Venecia
va para cinco años, ¿cómo tan lejos? Soy
el que fui entonces, sé tensarme y ser herido
por la pura belleza como entonces, violín
que parte en dos aires de una noche de estío
cuando el mundo no puede soportar su ansiedad
de ser bello. Lloraba yo acodado al balcón
como en un mal poema romántico, y el aire
promovía disturbios de humo azul y alcanfor.
Bogaba en las alcobas, bajo el granito húmedo,
un arcángel o sauce o cisne o corcel de llama
que las potencias últimas enviaban a mi sueño.
                                                                      Lloré, lloré, lloré
¿Y cómo pudo ser tan hermoso y tan triste?
Agua y frío rubí, transparencia diabólica
grababan en mi carne un tatuaje de luz.
Helada noche, ardiente noche, noche mía
como si hoy la viviera! Es doloroso y dulce
haber dejado atrás a la Venecia en que todos
para nuestro castigo fuimos adolescentes
y perseguirnos hoy por las salas vacías
en ronda de jinetes que disuelve un espejo
negando, con su doble, la realidad de este poema.
  
Pere Gimferrer 

jueves, 17 de marzo de 2011

Peligro de vida, de Francisco José Martínez Morán

Francisco José Martínez Morán   El Gaviero Ediciones, Colección Cartoné, 2010       152 pp.

 Conocíamos a este joven autor por su faceta poética, reflejada ya en dos estupendos libros: Variadas posiciones del amante (2006), Premio Nacional de Poesía Joven Félix Grande, y Tras la puerta tapiada, premio Hiperión 2009. 

Nos llega ahora, en la hermosa colección Cartoné de El Gaviero Ediciones, este sorprendente conjunto de textos que navegan con la fuerza de un barco pirata entre el mar proceloso del relato corto, la prosa poética y el poema en prosa.

Cada texto de este Peligro de vida tiene algo de bofetada de crudeza y poesía sobre nuestra complaciente manera de considerarnos seres humanos.  Entre las líneas del Peligro se asoma el asesino, el torturador, el violador y el verdugo en promiscua cercanía con la víctima, la compasión y la sinrazón.  Nos sentimos en él fieramente humanos, lejos para siempre de los ángeles; hombres desconcertados, interpelados, amenazados y fascinados por el mal que, casi como un personaje, parece buscar y encontrar la vía perfecta para tomar cada alma y cada cuerpo o asomarse a los ojos envejecidos de unos niños que nacieron en un mundo donde no queda un resquicio para la inocencia.  Pero sí para el arte; en este caso, para la literatura.  Desde ella, el autor nos hace mirar la realidad con reconocimiento y extrañeza y nos sale al paso con una lúcida reflexión inicial que nos empuja hacia la lectura del Peligro (y la vida): “Eso nunca me sucederá a mí: una frase que ha movido el mundo durante siglos.  Siempre, hacia el desastre”. 


(Publicado en Heraldo de Aragón, revista Artes & Letras nº 331, 17/03/2011). 


martes, 22 de febrero de 2011

El otro: Borges

 En el primero de sus largos miles
de hexámetros de bronce invoca el griego
a la ardua musa o a un arcano fuego
para cantar la cólera de Aquiles.
Sabía que otro –un Dios- es el que hiere
de brusca luz nuestra labor oscura;
siglos después diría la Escritura
que el Espíritu sopla donde quiere.
La cabal herramienta a su elegido
da el despiadado dios que no se nombra:
a Milton las paredes de la sombra,
el destierro a Cervantes y el olvido.
Suyo es lo que perdura en la memoria
del tiempo secular. Nuestra la escoria.


De: El Otro, El Mismo

El espíritu sopla donde quiere.  Fatalidad liberadora.  Tal vez ese mismo recuerdo de la Escritura le llevó a decir aquello de "yo creo que es mejor pensar que Dios no acepta sobornos".
Es mejor, yo también lo creo.

jueves, 10 de febrero de 2011

Tránsito, de Juan Manuel Macías


Juan Manuel Macías.   DVD Ediciones poesía. 
  Barcelona, 2011.   70 pp.

Hay libros cuya lectura queremos compartir inmediatamente.  Lo que deseamos decir sobre ellos es "léanlos".  Así ocurre con Tránsito.  El autor es helenista, traductor de Safo, que respira entre las versiones originales de las palabras fundadoras de una poesía sobre la que el devenir posó veintisiete siglos de significantes y lagunas.


Tal vez esto explique que en los amplios límites de este poemario intuyamos la asimilación de antiquísimos misterios. Pero estos son solo punto de inflexión interior, acaso tiovivo de referencia en esfumato sobre el que Hagesícora, la de los bellos tobillos, da vueltas tenazmente para nuestra perplejidad.  El poeta se arriesga a ir hacia ella sin red, aunque sin el gesto epatante y ya algo cansino del provocador.  Hace su poesía, tan libre como consciente de lo que decide superar y lejos de las más o menos bienintencionadas tentativas de poner al lector por testigo ante pensamientos subjetivamente hermosos que nos permitan sentirnos poéticos.  En Tránsito no vemos intenciones, participamos en unos hechos: valentía para levantar su pléyade de símbolos e imágenes sin refugiarse en presuntas naturalidades tantas veces inanes, sin justificarse por hacer lo que hace: poesía.


Lo importante, en cualquier caso, será lo inexplicable.  Al leerlo, la voz de nuestro pensamiento no puede sino tocar esas palabras y sentirse tocada por ellas.  Se cumple el deseo de que el libro sea, más que un soporte, una rotunda ocasión para que la poesía suceda.

(Publicado en Heraldo de Aragón, revista Artes & Letras nº 326, 10/02/2011). 
 


sábado, 22 de enero de 2011

También mueren caballos en combate (Julio Martínez Mesanza)


La fotografía es de Rob.  Está tomada de aquí.
  
Hace muy pocos inviernos, buscando para mi hijo un poema sobre caballos, me encontré con este:

  También mueren caballos en combate,
y lo hacen lentamente, pues reciben
flechazos imprecisos. Se desangran
con un noble y callado sufrimiento.
De sus ojos inmóviles se adueña
una distante y superior mirada,
y sus oídos sufren la agonía
furiosa y desmedida de los hombres.


Lo llevé rondando en la cabeza muchos días, con una imagen de caballos galopando entre la niebla, algo así.  Recordé vagamente el comienzo de una serie que yo creía de finales de los ochenta, pero no recordaba su título.  Hace poco encontré esas imágenes.  Al volver a verlas, pensé que tal vez había deseado entonces leer un poema que ya estaba escrito aunque yo no lo supiese. 

Lo curioso es que, después de leerlo, nunca pensé en caballos muertos, sino en un rumor de galope que ni siquiera necesitaba el adorno de la alegría.  Tampoco el de la tristeza.  Solo esa fuerza cierta y delicada, esa belleza limpia recorriendo la niebla del pensamiento.  



jueves, 30 de diciembre de 2010

El juego de la taba, de Elías Moro

Elías Moro.  Calambur Narrativa.  Madrid 2010.  190 pp. 

El juego de la taba recoge un conjunto de apuntes líricos muy diversos y aparentemente espontáneos escritos al hilo de lo oído en un bar, en la televisión –fuente de maravillosas perplejidades: “Donde esté un buen estofao de rabo de toro, que se quite la horchata”- o desde el desamparo existencial que produce la consulta del dentista. 

Comenzamos el juego por el título y este nos trae un olor a memoria, calle con niños y un poco de real gana, que tampoco viene mal. Casi sin darnos cuenta, el autor se nos hace confidente a través de sus breves reflexiones poéticas, a veces flirteando con la greguería (“Las telarañas del otoño son las serpentinas del aire”), a veces adquiriendo el tono de pequeños cuentos o largos aforismos cuya última enseñanza no es siempre lo importante, pues tal vez sería una soberbia merecedora de castigo: “tener la seguridad de que se es dueño de una certeza y no poder hacer nada con ella, no saber dónde, ni cómo, ni a quién aplicársela”. Sí importa, sin embargo, la porción del inagotable no sé qué que el escritor rescata del mundo para nosotros (“Los charcos se entristecen si no pasas por ellos”, “Las perlas ascienden en espiral hasta lograr la belleza”). 

A Elías Moro se le entiende todo; digamos que el juego sigue sus honradas reglas pero, como en él, en la poesía se necesita toque, la tensión de la duda, la quemadura del deseo, el arte de acertar y la voluntad de no hacer trampas. Así juega el autor su partida con nosotros, como si fuésemos los niños de la portada, pero lo hace con una profunda voz de hombre que, la verdad, también se agradece

Publicado en Heraldo de Aragón, revista Artes & Letras, 30/12/2010. 
Reseña reflejada en el blog de la editorial CALAMBUR el 18/01/2011 


miércoles, 15 de diciembre de 2010

Hembra...

Hembra que entre mis muslos callabas
de todos los favores que pude prometerte
te debo la locura.

Lepoldo María Panero, El último hombre, 1984.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Matar a un poeta cuando duerme

Le dispararon aquí mismo, mire.
Mire y escuche mi sangre. En esta arteria,
de abajo arriba, para que la bala llegara al cerebro
y deshiciera, bruscamente, su genio y su infinito amor.
Los Chacales Erpianos se habían dicho:
Que sea cuando este bien dormido.
Los pobres poetas son muy sensibles.

Efraín Huerta



jueves, 25 de noviembre de 2010

No quieras ver el páramo

Antonio Serrano Cueto. Isla de Siltolá. Sevilla, 2010. 72 pp.

Antonio Serrano Cueto es autor de relatos incluidos en varias antologías y de publicaciones académicas propias de su labor universitaria, pero es en No quieras ver el páramo donde el escritor da a conocer su poesía, pasión que le ha acompañado durante toda su vida hasta cuajar en este primer poemario.  Su voz reclama una mirada detenida sobre el tiempo que avanza sucesivo e invencible y que, irremediablemente, se escapa o ya murió: “devolvedme la luz de mis ancestros/ su sordo caminar sobre la tierra”. 

A lo largo de sus cuarenta y tres poemas, esa llamada a guardar el instante y el canto a la derrota de perderlo se visten de un clasicismo que afecta al fondo y a la forma –el poeta es Profesor Titular de Filología Latina en la Universidad de Cádiz y pocos géneros hacen tan imposible huir de lo que somos como el que nos ocupa- y de brillantes notas culturalistas, pero también de una sencillez y una libertad que implican una revisión ecléctica de las concepciones previas que nutren su escritura. 

Sus versos se entregan a un rigor que busca claridades. Desde ellos nos hace llegar un cierto vitalismo teñido de una sensualidad nostálgica. Pero la voz poética no nos engaña, es una poesía escrita desde el páramo, como nos dice nada más comenzar: “Del páramo/ te traigo el desabrigo/ la ciega quemazón de la extrañeza”. Y ese parece ser el destino inevitable para la “desconcertada voz de la inocencia” con la que el autor conversa en el poema que da título al libro: “Pero aquí arriba llueve y hace frío/ y arrecia la intemperie. Tan a solas. / No quieras todavía ver el páramo”.

(Publicado en Heraldo de Aragón, Revista de Artes y Letras, 25-11-2010)

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Libros importantes

En mi vida ha habido muchos libros importantes. Estoy convencida de que algunos me cambiaron irremediablemente, tal vez no siempre para bien. Con cierta distancia, una acaba mirando hacia atrás, a veces, con un cierto sonrojo. Pero hay libros que llegan en momentos muy concretos, como si ese libro y ese momento hubieran venido a bailar un tango raro contigo. Creo que eso me ocurrió con Rayuela, de Julio Cortázar.

Lo compré casi por casualidad a los dieciocho años. Acababa de empezar segundo de Filología y me creía una intelectual (y ni siquiera me consideraba precoz), también acababa de volver de París y tenía muy fresco el primer viaje que -en contra de la opinión de mis padres- había realizado sola o en compañía de otros que ya no eran ellos. Lo abrí y tuve la sensación de que yo no había visto París, de que posiblemente nunca lo vería del todo y de que la palabra intelectual me iba a quedar grande para siempre. Sin ningún recurso para frenar la admiración (y ninguna gana) casi puedo recordar cómo me fue invadiendo mientras lo leía -en sus varios órdenes y en otros más caóticos- y aún me sorprendo muchas veces buscando esa edición de Cátedra, absolutamente destrozada, entre el montón de mi mesilla, en la guantera del coche o en uno de los fondos mistéricos de los bolsos enormes a los que voy agarrada por el mundo.

"Sé que un día llegué a París, sé que estuve un tiempo viviendo de prestado, haciendo lo que otros hacen y viendo lo que otros ven..."