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viernes, 2 de marzo de 2012

Una rima, de Juan Manuel Macías

La primera vez que leí este poema me quedó una sensación de sorpresa. Pensé que no todo el mundo puede hacer una rima ni nombrar  la luna y salir ileso. Sepultada por los prejuicios del oído moderno (y quizá por la imposibilidad de enmascarar carencias más fácilmente disimulables envueltas en otras formas), la rima nos interroga sobre el concepto de originalidad.  Algo de valentía y mucho de talento hace falta para enarbolar con sencillez esta bandera, siquiera por un momento.  La libertad  también es así; la gana es sagrada.

UNA RIMA

Una rima es un péndulo muy serio,
arco iris con billete de ida y vuelta
de tus párpados al centro del misterio.

Qué raro cautiverio
licuarse entre la lluvia más esbelta,
dejarse columpiar por las campanas
en la tarde erigida de manzanas
y hablar al viento en íntimo salterio.
Vibrar con los sedientos arenales,
llanto desesperado de resquicios
por hacer sonar tu pelo entre un corro de puntos cardinales.

Una rima es un faro de pupila alterna
para peinar con siglos y leyendas la ola
y humedecer tu lenta espalda con precipicios.
Aldebarán derrama la estela roja de su linterna;
rema y rema violín y barcarola,
y enarbola sin miedo la bandera
del ágil minutero pulsador de oceanos
que gira por la tierra (peonza o calavera.)

Una rima es la luna mensajera,
periódica hilandera
de mi sombra a la palma de tus manos.

Juan Manuel Macías
(De Cantigas y cárceles, Eciones de la Isla de Siltolá, 2011))

jueves, 10 de febrero de 2011

Tránsito, de Juan Manuel Macías


Juan Manuel Macías.   DVD Ediciones poesía. 
  Barcelona, 2011.   70 pp.

Hay libros cuya lectura queremos compartir inmediatamente.  Lo que deseamos decir sobre ellos es "léanlos".  Así ocurre con Tránsito.  El autor es helenista, traductor de Safo, que respira entre las versiones originales de las palabras fundadoras de una poesía sobre la que el devenir posó veintisiete siglos de significantes y lagunas.


Tal vez esto explique que en los amplios límites de este poemario intuyamos la asimilación de antiquísimos misterios. Pero estos son solo punto de inflexión interior, acaso tiovivo de referencia en esfumato sobre el que Hagesícora, la de los bellos tobillos, da vueltas tenazmente para nuestra perplejidad.  El poeta se arriesga a ir hacia ella sin red, aunque sin el gesto epatante y ya algo cansino del provocador.  Hace su poesía, tan libre como consciente de lo que decide superar y lejos de las más o menos bienintencionadas tentativas de poner al lector por testigo ante pensamientos subjetivamente hermosos que nos permitan sentirnos poéticos.  En Tránsito no vemos intenciones, participamos en unos hechos: valentía para levantar su pléyade de símbolos e imágenes sin refugiarse en presuntas naturalidades tantas veces inanes, sin justificarse por hacer lo que hace: poesía.


Lo importante, en cualquier caso, será lo inexplicable.  Al leerlo, la voz de nuestro pensamiento no puede sino tocar esas palabras y sentirse tocada por ellas.  Se cumple el deseo de que el libro sea, más que un soporte, una rotunda ocasión para que la poesía suceda.

(Publicado en Heraldo de Aragón, revista Artes & Letras nº 326, 10/02/2011).