jueves, 25 de noviembre de 2010

No quieras ver el páramo

Antonio Serrano Cueto. Isla de Siltolá. Sevilla, 2010. 72 pp.

Antonio Serrano Cueto es autor de relatos incluidos en varias antologías y de publicaciones académicas propias de su labor universitaria, pero es en No quieras ver el páramo donde el escritor da a conocer su poesía, pasión que le ha acompañado durante toda su vida hasta cuajar en este primer poemario.  Su voz reclama una mirada detenida sobre el tiempo que avanza sucesivo e invencible y que, irremediablemente, se escapa o ya murió: “devolvedme la luz de mis ancestros/ su sordo caminar sobre la tierra”. 

A lo largo de sus cuarenta y tres poemas, esa llamada a guardar el instante y el canto a la derrota de perderlo se visten de un clasicismo que afecta al fondo y a la forma –el poeta es Profesor Titular de Filología Latina en la Universidad de Cádiz y pocos géneros hacen tan imposible huir de lo que somos como el que nos ocupa- y de brillantes notas culturalistas, pero también de una sencillez y una libertad que implican una revisión ecléctica de las concepciones previas que nutren su escritura. 

Sus versos se entregan a un rigor que busca claridades. Desde ellos nos hace llegar un cierto vitalismo teñido de una sensualidad nostálgica. Pero la voz poética no nos engaña, es una poesía escrita desde el páramo, como nos dice nada más comenzar: “Del páramo/ te traigo el desabrigo/ la ciega quemazón de la extrañeza”. Y ese parece ser el destino inevitable para la “desconcertada voz de la inocencia” con la que el autor conversa en el poema que da título al libro: “Pero aquí arriba llueve y hace frío/ y arrecia la intemperie. Tan a solas. / No quieras todavía ver el páramo”.

(Publicado en Heraldo de Aragón, Revista de Artes y Letras, 25-11-2010)

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Libros importantes

En mi vida ha habido muchos libros importantes. Estoy convencida de que algunos me cambiaron irremediablemente, tal vez no siempre para bien. Con cierta distancia, una acaba mirando hacia atrás, a veces, con un cierto sonrojo. Pero hay libros que llegan en momentos muy concretos, como si ese libro y ese momento hubieran venido a bailar un tango raro contigo. Creo que eso me ocurrió con Rayuela, de Julio Cortázar.

Lo compré casi por casualidad a los dieciocho años. Acababa de empezar segundo de Filología y me creía una intelectual (y ni siquiera me consideraba precoz), también acababa de volver de París y tenía muy fresco el primer viaje que -en contra de la opinión de mis padres- había realizado sola o en compañía de otros que ya no eran ellos. Lo abrí y tuve la sensación de que yo no había visto París, de que posiblemente nunca lo vería del todo y de que la palabra intelectual me iba a quedar grande para siempre. Sin ningún recurso para frenar la admiración (y ninguna gana) casi puedo recordar cómo me fue invadiendo mientras lo leía -en sus varios órdenes y en otros más caóticos- y aún me sorprendo muchas veces buscando esa edición de Cátedra, absolutamente destrozada, entre el montón de mi mesilla, en la guantera del coche o en uno de los fondos mistéricos de los bolsos enormes a los que voy agarrada por el mundo.

"Sé que un día llegué a París, sé que estuve un tiempo viviendo de prestado, haciendo lo que otros hacen y viendo lo que otros ven..."